UA-110056456-1 LOS LIBROS DEL ROCK ARGENTINO: 2018

SANDRO - EL FUEGO ETERNO



MARIANO DEL MAZO

1ra. Edición:
2009
2da. Edición: 2017
Editorial: Aguilar
Prólogo: Mariano Del Mazo



MI OPINION:

Lo terminé de leer ayer.
Es de esos libros que por su volumen te lo deglutís en 2 o 3 días.
Es que Mariano Del Mazo escribe así, yendo a lo esencial de lo que cuenta, de una manera amena, con relatos y anécdotas que le contara el mismo Sandro y con esa forma de escribir y relatar que te lleva a no poder parar de leer.
Al momento de agregar libros a esta página, dudé mucho en si poner libros que hablen de Sandro, ya que la tematica de la página es que sean libros que tengan relación con el rock argentino.
Hay mucha bibliografía sobre este ídolo popular, que fundamentalmente hace hincapié en la parte cholula del cantante.
No me negaba, pero tampoco estaba convencido.
Leyendo este libro de Mariano, comprendí finalmente, que Sandro, aunque en menor medida, fue muy importante en los albores del rock de nuestro país.
Y es que el libro saca a relucir todas las facetas que Sandro tuvo en su vida: El triunfador, el no tan en boga, su diferencia con Roberto Sánchez, su mentada intimidad, su particular humor y su ganas de vivir sobrellevando con dignidad sus problemas de salud.
Pero fundamentalmente
su convicción de seguir viviendo sin claudicar en los millonarios ofrecimientos que tuvo durante su carrera.
Por eso es que se supo ganar el reconocimiento, el respeto y la admiración de la mayoría de los músicos, fundacionales y posteriores, de nuestro rock.

Ahora tengo un problema: conseguir la primera edición que está recontra descatalogada por más que sea del 2009.


PRESENTACION
Por Mariano Del Mazo

“Cuando tengo jean me comporto como si tuviera un smoking; cuando me pongo un smoking, me comporto como si tuviera un jean.”
La frase la escuché el invierno de 1993, en el camarín del Cine Mayo de San Miguel. Eran ya las cuatro de la mañana: Sandro tomaba gin en un cáliz color cobre y no paraba de llenar mi copa de champagne francés.
“Bienvenido al Madison Square Garden”, me había dicho cuatro horas antes, cuando ingresé en ese cuarto de tres por tres, sillas raídas, espejos viejos y un florero con rosas.
Yo había ido hasta San Miguel a cubrir para Clarín uno de los conciertos suburbanos con los que solía preparar su desembarco en la calle Corrientes. Sandro estaba probando el show 30 años de magia, que en semanas estrenaría en el Gran Rex, y yo quería comprender a ese personaje enigmático que llegaba a mí desde algunos discos simples de mi infancia y desde películas inverosímiles y fascinantes.
Este libro empezó a escribirse esa noche.
Verlo cantar ahí, un día de semana, fue una experiencia memorable: las fans ardían y él se movía como un viejo hechicero.
Era un miércoles o un jueves, jugaba la Selección Argentina dirigida por Alfio Basile que estaba a punto de coronarse campeón de América y en San Miguel caía una escarcha pesada.
El teatro estallaba: habían agregado sillas en los pasillos. Vi a esas mujeres maduras, rejuvenecidas durante el extraño ritual que desplegaba erotismo en estado de pureza, sensualidad, sexo. Vi corpiños al aire. Vi a un titiritero excepcional. Vi uno de los mejores shows de mi vida.
Los años pasaron, terribles, malvados, y fortalecieron las sensaciones de aquella noche extraordinaria. Lo entrevisté cinco veces y lo escuché en vivo otras tantas.
Traté de revelar el lado oculto, indagué el fenómeno, compré sus discos maravillosos y también los otros. Vi sus películas y leí artículos y ensayos académicos que en aquellos destemplados años menemistas intentaban explicar lo que, finalmente, resultó inexplicable.

Di vueltas por Valentín Alsina, me visitaron fans al diario y en la última época me consterné ante su salud endeble, su declive progresivo.
Tomé distancia como pude y consideré que el relato de Sandro debía ser hecho en vida.
Este libro llegó a sus manos cuando ya estaba corriendo una loca carrera contra su enfisema. Entre sus internaciones y apariciones furtivas en la puerta de la casona de Banfield, me gusta creer que lo leyó y que recordó algunas de las confidencias ebrias de aquella noche en el camarín del Cine Mayo.

La primera edición es de 2009.
Más allá de una imprescindible actualización y algún mínimo agregado, quise que Sandro, El fuego eterno, conservara el tono original de deslumbramiento, la frescura con que fue concebido. La agonía y muerte de Sandro —otra instancia de una irreductible dignidad— no hizo más que agigantar su epopeya y galvanizar definitivamente su categoría de mito.
Estuve en la vigilia del verano de 2010, en Mendoza. Vi los rostros desencajados o luminosos ante cada parte médico. Entendí un poco más.
Ninguna biografía abarca una existencia.
Los datos pueden ser más o menos certeros, más o menos rigurosos. Pero una vida es otra cosa. Deshilachados en ese invento de superhéroe que él mismo patentó —Roberto Sánchez, el hombre; Sandro, la máscara—, ahí a mano, en YouTube, se pueden vislumbrar las decenas de rostros que lo cubren: el recitador expresivo, el estupendo performer, el opinólogo impulsivo, el Adonis sexual, el vendedor de fantasías, el rockero, el baladista, el decidor crepuscular.
Creo que los artistas son mentirosos absolutos que tratan de convertir el artificio en verdad, y que se les va la vida en el intento. Creo también que la verdad puede ser una categoría del sufrimiento y de la belleza. Y creo que Sandro fue un artista extraordinario.
Pasa el tiempo y algo permanece inexpugnable: el misterio.
Este libro es un homenaje a un extraño y dramático héroe de los suburbios, a aquella noche fantasmal de San Miguel y, en el mismo gesto, un acercamiento a ese misterio.
Buenos Aires, julio de 2017